‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury: escribir es vivir

"Zen en el arte de escribir", de Ray Bradbury

6 lecciones de ‘Zen en el arte de escribir’ para explicar historias de una forma vibrante y apasionada

¿Por qué escribes? ¿Por qué escribes si escribir no está de moda en un mundo audiovisual y digital, si es un acto solitario y desagradecido, si no te va a permitir ganarte la vida, si nunca lo vas a hacer mejor que los grandes maestros? Esta es una pregunta venenosa, directa a la yugular, que todos los escritores noveles nos hacemos alguna vez, a no ser que antes nos la haga algún amigo con curiosidad antropológica. Y muchas veces nos quedamos con la palabra en la boca, sin saber qué responder de una forma que parezca inteligente, que indique que, al menos, tenemos cierto talento a la hora de expresarnos. Normalmente, nuestra erudita respuesta se limita a monosílabos ahogados, un cambio radical de tema de conversación o vaguedades que despiertan bostezos casi al instante.

Por suerte, Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury, constituye una respuesta maravillosa a la pregunta maldita de ¿por qué escribes?

Escribimos, sencillamente, porque escribir es vivir.

Zen en el arte de escribir es un libro de autoayuda balsámico para autores desmotivados o aquejados del síndrome del impostor. Es un electrochoque para escritores que languidecen de desmotivación en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Portada de "Zen en el arte de escribir", de Ray Bradbury
Portada de «Zen en el arte de escribir», de Ray Bradbury

No se trata de un manual con técnicas narrativas, de estructura o de creación de personajes, sino que es, simplemente, una suerte de Big Bang capaz de poner en órbita de nuevo tu universo literario. Es una bocanada de aire para reconciliarte con este oficio sin beneficio. Sus once ensayos son vibrantes.

Una pequeña muestra:

«Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya».

Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury

En mi caso personal, tengo que reconocer que la escritura de una novela (Vall d’Ombres, que lanzaré en los próximos meses) ha supuesto un fuerte impacto para mí. Acostumbrado como estaba a dejarme llevar en un momento de inspiración durante el fin de semana o antes de ir a dormir, enlazando ideas de forma arrebatada y escribiendo cuentos que luego me dedicaba a pulir, he de reconocer que la enorme constancia que exige escribir una novela me ha provocado más de una frustración.

  • Frustración porque he pasado cuatro años con los mismos personajes, y ya se sabe que la convivencia lleva a los roces y al desgaste de una relación.
  • Frustración porque, si la escritura creativa es arte y da rienda suelta a tu imaginación, la escritura de una novela también tiene mucho de arquitecturas, de construir los cimientos, de montar los andamios. No es nada fácil aunar estos dos mundos enfrentados. ¡¿No representaba que el escritor tenía que ser un artista?! ¡¿Montar andamios es un arte?!
  • Frustración porque creía tener toda la trama bien atada sobre el papel, pero cuando los personajes empezaban a interpretar los papeles y las situaciones que les había indicado, resulta que me estampaban en la cara las incoherencias y lagunas de mi propio argumento. ¡Qué duro es aceptar la inconsistencia de tu propia trama!

Por todo esto, Zen en el arte de escribir me ha ayudado a reencontrarme con el motivo definitivo por el que escribo: esa pulsión irracional que te empuja a hacer las cosas sin calcular estrategias ni beneficios.

Escribes porque no hacerlo haría peor tu vida. Tan sencillo como esto.

6 lecciones de Ray Bradbury en Zen en el arte de escribir

De entre todas las febriles ideas de Ray Bradbury sobre el acto de escribir, he rescatado las seis citas de Zen en el arte de escribir que más han removido mi consciencia creativa y que, espero, hagan lo mismo con la tuya.

Fotografía de Ray Bradbury tomada en 1975 por Alan Light.
Fotografía de Ray Bradbury tomada en 1975 por Alan Light.

1. Escribir con entusiasmo

«Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce. Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos»

‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury

Parece obvio, ¿verdad? Toda obra artística tiene que moverse por los latidos de su creador, hablar de aquello que más le preocupa, expresarse con la jerga de sus entrañas. Es tan fácil como mágico. Parece evidente que, si alguien no tienen nada que decir, no sentirá la necesidad de situarse frente a una pantalla en blanco para escribir durante horas. Tal y como confiesa Ray Bradbury en Zen en el arte de escribir, «escribo todas mis novelas y cuentos, como han visto, en un chorro de pasión deliciosa».

Sin embargo, por desgracia, hoy en día hay muchos factores que también nos influyen y que nada tienen que ver con la escritura. Por ejemplo, el hecho de dirigirnos a un público objetivo delimitado para adaptarnos a sus expectativas, o de amoldarnos a un género que tiene buena repercusión, o de hacer lo que es políticamente correcto, o de cumplir los decálogos y manuales de escritura creativa.

Toda esta (a mi modo de ver) antiliteratura, hace que nuestros textos sean cada vez más orientados a la venta y más socialmente aceptables y etiquetables en las categorías de Amazon, pero menos diferentes los unos de los otros y menos sinceros. ¿De veras que lo que nos mueve a escribir es satisfacer a un público objetivo? ¿Dónde ha quedado el fuego interno que nos mantenía horas y horas aporreando un teclado para arrancarnos de dentro las palabras que nos carcomían?

2. Sigamos siendo niños

«Una buena idea debería preocupamos como nos preocupa un perro. No es lo mejor llevarla a la tumba a fuerza de preocupación, asfixiarla con intelecto, dormirla con pontificaciones, matarla con un millar de rebanadas analíticas. Sigamos siendo niños, y no infantiles en nuestra visión 20-20, y tomemos prestados los telescopios, cohetes o alfombras mágicas que necesitemos para lanzarnos hacia los milagros de la física y del sueño»

‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury

Crear por el simple placer de crear. ¿No es eso ser niño? Por eso, tenemos que reivindicar el hemisferio derecho, el que se salta las normas, el que va más allá de la razón y de lo palpable y material, el que busca la cara oculta de las cosas, el que imagina, crea e innova. El que detecta mil aventuras en una simple caja de cartón.

3. Caluroso hoy, refrescando mañana

«La historia de cada cuento, entonces, debería leerse casi como un informe meteorológico: caluroso hoy, refrescando mañana. Hoy por la tarde incendie usted la casa. Mañana vierta fría agua crítica sobre las brasas ardientes. Para cortar y reescribir ya habrá tiempo mañana. Hoy, ¡estalle, hágase pedazos, desintégrese!»

‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury

A veces somos tan autocríticos, tenemos tan interiorizadas las lecciones que hemos aprendido en los talleres de escritura, que anulamos nuestra propia naturaleza. Por eso, este consejo de Ray Bradbury en Zen en el arte de escribir es uno de mis preferidos. De alguna forma, es el contrapeso que me sitúa en el frágil equilibrio entre la técnica de los cursos de escritura creativa y lo que soy yo como persona y como creador.

Pasada la tormenta creativa, siempre habrá tiempo para rescatar, de entre los restos del naufragio, una historia con pies y cabeza.

4. Practicar la escritura para no frenar ni distorsionar a la Musa

«Escribirá usted mil palabras al día durante diez o veinte años a fin de modelarla, aprendiendo gramática y el arte de la composición hasta que se incorporen al Inconsciente sin frenar ni distorsionar a la Musa»

‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury

Ray Bradbury consideraba que hay una forma de dejar que la Musa y el inconsciente asimilen, de una forma no limitante, las normas gramaticales y de estructura: esa forma se llama práctica. En este sentido, ¿te suena el reto de escritura Ray Bradbury? Consiste (agárrate fuerte) en escribir 52 relatos al año, uno por semana. El autor de Fahrenheit 451 y de Crónicas marcianas consideraba que era imposible escribir más de medio centenar de relatos malos, por lo que confiaba en la cantidad para que la calidad aflorara.

5. El único fracaso es detenerse

«Fracasar es rendirse. Pero uno está en medio de un proceso móvil. Entonces no hay nada que fracase. Todo continúa. Se ha hecho el trabajo. Si está bien, uno aprende. Si está mal, aprende todavía más. El único fracaso es detenerse. No trabajar es apagarse, endurecerse, ponerse nervioso; no trabajar daña el proceso creativo»

‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury

Que se aprende de los fracasos, así como de los textos sin una verdad propia que no despiertan ni emociones ni intrigas, es un hecho demostrado. Por lo tanto, vale la pena que nos concedamos un buen terreno para correr y tropezar, conscientes de que las cicatrices son una inversión de futuro.

Hace poco leía un artículo sobre ventas que trataba de tranquilizar a los comerciales que tenían que hacer llamadas a puerta fría y que topaban con la indiferencia absoluta de muchos interlocutores (por llamar de algún modo a los colgadores de teléfono que siempre tienen prisa). El artículo argumentaba que, según las estadísticas, era necesario hacer un número determinado de llamadas para conseguir un cliente potencial. Por lo tanto, no quedaba otra que ir acumulando noes para poner los peldaños hacia un sí. Cuestión de estadística. 

Quizás es lo mismo que nos intentaba decir Ray Bradbury: escribir muchos relatos malos es imprescindible para escribir un buen cuento. Esa idea nos da algo de tranquilidad a los autores noveles que nos frustramos si nuestra primera novela no es tan buena como desearíamos porque pensamos que entonces ya no servimos para este oficio endiablado. 

6. La trama llega después de los hechos

«La Trama no es sino las huellas que quedan en la nieve cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles. La Trama se descubre después de los hechos, no antes. No puede preceder a la acción. Es el diagrama que queda cuando la acción se ha agotado. La Trama no debería ser nada más. El deseo humano suelto, a la carrera, que alcanza una meta. No puede ser mecánica. Sólo puede ser dinámica»

‘Zen en el arte de escribir’, de Ray Bradbury

Con esta maestría resuelve Ray Bradbury la famosa disyuntiva entre decir y mostrar, entre filosofar y actuar, entre retórica y tensión. Una historia nace de personajes apasionados que luchan con todos sus recursos y evolucionan con tal de conseguir sus objetivos, y de los hechos que esto comporta. La trama es la estela que dejan todos estos acontecimientos que vamos mostrando. Por el contrario, la trama no puede ser una explicación teórica y distante de lo que anhelan los personajes, ya que entonces la implicación del lector en la historia es menor.

Estas son solo algunas de las múltiples reflexiones que subrayé de Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury, un libro imprescindible y muy inspirador para todo amante de la escritura o de la creación artística. Si quieres que escriba la segunda parte del artículo con otras reflexiones de Bradbury, solo tienes que pedirlo en el apartado de comentarios.


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