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La Tierra del Dragón de Truenos (3 de 3)

masked dancer

La tormenta no dio tregua durante cuatro días enteros. Las familias acaudaladas mataron el tiempo frente al televisor mientras las menos favorecidas planeaban un nuevo robo. Cuando amaneció el quinto día despejado, los vecinos salieron a faenar al campo. Por primera vez en toda la historia de la aldea, algunos de los aldeanos optaron por no saludarse. Aparecieron las miradas de soslayo, los cuchicheos de recelo, las envidias y los rencores escondidos con años y años de camaradería.

Consciente del descenso de la felicidad de sus vecinos, el joven Ti anunció nuevas reformas y prometió la llegada del turismo a la aldea, para lo cual se instalaría una tienda de souvenirs en casa de Sho Finn y todos los aldeanos tendrían que volver a llevar sus ghos y sus kiras tradicionales y sonreír a las cámaras fotográficas. Ti prometió también desvelar el contenido de los sacos que el tercer camión le había traído tras la llegada de la carretera. Organizó sesiones privadas para enseñar su secreto mejor guardado a los aldeanos adultos. Quienes salían de las reuniones privadas con Ti, lo hacían con una amplia sonrisa. Olvidaban por unas horas todos los temores, los televisores, las armas y los recelos del pueblo y respondían a todo con carcajadas. Ante aquel milagro, empezó a correr el rumor de que el joven Ti era un brujo.

Los dos amigos de Miyihan se mostraban escépticos ante aquella posibilidad, pese a que el pequeño les había repetido mil y una veces que había visto cómo el joven Ti usaba unas mágicas semillas blancas de la felicidad para alegrar a los aldeanos que acudían a él. Esas valiosas semillas eran el secreto de Ti. El pequeño Miyihan estaba convencido.

Un buen día, al caer el sol, y pese a la amenazadora acumulación de nubes que se estaba formando sobre el Himalaya, Miyihann convenció a sus amigos para que comprobaran por ellos mismos los poderes mágicos del chamán Ti. Encontraron al líder del pueblo a las puertas de su casa atendiendo a la vecina más anciana de la aldea. De su saco, Ti cogió dos semillas blancas y se las ofreció a la abuela. Con fe ciega, la anciana se tragó las dos semillas empujándolas por la laringe con un trago de alcohol. La vieja se tambaleó unos momentos. Miyihann tuvo que aguantarse la risa. Cuando la anciana estaba a punto de caer al suelo y de vomitar sus intestinos, una risa boba e insaciable le brotó de la garganta. La vieja empezó a danzar alrededor de la casa del joven Ti y a realizar gestos obscenos que sin duda había aprendido por televisión. Ti la perseguía preocupado por el escándalo. Entonces Miyihann guiñó un ojo a sus dos amigos, estupefactos. Quedaban demostrados los trucos de brujería que Ti conocía.  Aprovechando un momento de descuido, se acercó con sigilo a la entrada de la casa donde aún yacía el saco y hundió la manó en las semillas, agarró un puñado y se refugió entre la maleza escoltado por sus dos pequeños secuaces.

Fue entonces cuando cayeron las primeras gotas de lluvia. Empezaron susurrando, pero adquirieron tintes trágicos con celeridad. Como balazos de las nubes, las gotas fueron acuchillando el suelo con rabia. Los relámpagos anunciaban estruendos cada vez más cercanos. Parecía que el Dragón de Truenos había salido de sus cuevas del Himalaya y volaba hacia el pueblo. Los habitantes acaudalados se cobijaron bajo el techo del abacero Sho Finn. Por su parte, las cuatro familias desfavorecidas se reunieron en una de las casas más humildes y se contaron historias de cuando todo era de todos, y de cuando los televisores sólo eran cajas, y de cuando las pistolas eran tubérculos, y de cuando las carreteras eran gusanos de asfalto, y de cuando las kiras y los ghos eran más que un vestuario de pesebre viviente para turistas. Era tal su temor que no llegaron a echar en falta a Miyihann y sus amigos.

En medio de la aldea, los tres compañeros se abrían paso entre la lluvia y la oscuridad deseosos por probar las semillas mágicas. No temían a los truenos, aunque de vez en cuando miraban hacia el cielo por si asomaba el dragón entre los nubarrones. Miyihann guió a sus dos amigos hacia el viejo templo de la aldea. Aunque el edificio se encontraba en un estado ruinoso y sombrío, pudieron resguardarse de los latigazos de la lluvia en un porche de madera agujereado por la dejadez. Sentados y con la espalda en la pared, miraron con atención las semillas que Miyihan había acurrucado en su mano. Eran semillas de un blanco liso e inmaculado, con media luna grabada en su superficie. Con una sonrisa suspicaz, Miyihan extrajo del bolsillo de su chaqueta chorreante una lata con destellos rojos, blancos y negros: se trataba de una coca-cola.

El pequeño decidió adelantarse a sus dos amigos. Con cuidado pero con determinación, agarró siete semillas blancas, alzó el puño hacia el cielo oscuro y gritó: “¡Ahora voy a volar más alto que tú, maldito dragón!”. Miyihan se trajo las pastillas a la boca. Bebió un sorbo de coca-cola y tragó. La lluvia y el viento menguaron, expectantes. Los truenos desaparecieron unos instantes. Miyihan, ausente, era observado con atención por sus dos amigos. ¿Iba el chico a volar o a bailar como la vieja alrededor del templo? Nada de eso. Al pequeño le empezaron a temblar las piernas y los brazos, su cuerpo se abrasó por un fuego invisible y rápidamente quedó tiritando por un hielo mágico. Luego sintió nauseas, y la visión de sus dos amigos, del templo y del pueblo se fue desmoronando en su mente con un efecto dominó. La oscuridad fue creciendo. Los tembleques aún más. Miyihan se desplomó, los ojos abiertos, desorbitados, con las pupilas totalmente dilatadas. Al contrario que la abuela, Miyihann no se levantó al instante para entrar en una fase de lujuria.

La noticia de la intoxicación se escampó como la pólvora en la aldea conforme regresaba la fiera tormenta. A Ti no le despertaron los rugidos que llenaban el cielo, sino los gritos y las pedradas provinentes del exterior. Cuando se asomó por la ventana con su pijama de seda, todos los aldeanos excepto Sho Finn y algunos otros televidentes esperaban con cara de rabia. Su expresión de odio parecía la misma que cuando el pueblo se alzó contra el gobernador Fung Shi. El joven Ti tragó saliva. Escuchó las quejas de los aldeanos, que no parecían dispuestos a negociar. Al parecer, el pequeño Miyihan había tomado un puñado de sus pastillas de éxtasis y había quedado inconsciente, aunque aún respiraba. “¡Brujo asesino!”, gritaban las masas. Ti encontró entre ellas a su madre, desconcertada, y miró con desespero la carretera, en cuyo asfalto los truenos se reflejaban. Le pareció encontrar una solución.

—Amigos y amigas, giraos y observad la carretera majestuosa que tenéis a vuestra espalda. Es nuestra y nos llevará en menos de dos horas al hospital más cercano. Cogeré ahora mismo un camión e iré con el chico al sanatorio. No temáis. Esta situación me duele a mí tanto como a vosotros, pero la modernidad que tanto os he prometido salvará a Miyihan.

Con algo de recelo, los aldeanos accedieron a la propuesta del joven Ti y ayudaron a cargar el equipaje en un camión que había llegado la mañana anterior a la aldea. Ti y un Miyihann sudoroso y moribundo salieron rápido del pueblo levantando a su paso ráfagas de agua. Mientras tanto, la lluvia arreció aún más y los truenos empezaron a hacer temblar la tierra. El dragón del Himalaya había llegado, sin duda. Se encontraba justo encima del pueblo, más enfadado que nunca. No habría misericordia.

Uno de los relámpagos acertó en la antena parabólica de la casa del cazador Sho Finn y se quedó a oscuras y sin televisión. Todo el pueblo quedó sumido en las tinieblas. Los vecinos se miraban desconcertados, indefensos. Por primera vez en mucho tiempo, se acordaron del viejo Yu. Al cabo de unos instantes, todos los invitados de la casa de Sho Finn, incluido el propio cazador, salieron al exterior pese a la tormenta y miraron al cielo para observar la furia del dragón. Al ver al resto de los aldeanos quietos, en la oscuridad, temieron que el apagón hubiera sido una estratagema suya para hacerse con los televisores o para empezar una guerra fratricida. Pero ellos tenían las armas, tenían el poder.

Cuando Ti oyó los disparos desde el volante del camión, ya se encontraba a salvo y suficientemente alejado de la aldea, deslizándose por la radiante carretera. El pequeño Miyihan había fallecido tan pronto como habían salido del pueblo, pero Ti sabía que no podía regresar al lugar en el que había nacido y había construido todas sus ilusiones. A personas como él, la suerte siempre les sonreía, y la vida o los cursos de retórica en Londres le habían ofrecido la oportunidad de continuar su vida en la capital, con el sueño de la modernidad de su aldea presente como un reflejo en la memoria. Sin embargo, el progreso iba a ser imparable. Al día siguiente se celebrarían las primeras elecciones en el país. La democracia había llegado a la Tierra del Dragón de Truenos.

Robert Sendra Ramos

Mayo 2008

7 Comments

  1. El teu conte comença amb una tempesta, com l’òpera de Wagner “L’Holandés errant”. L’argument el prengué Wagner de Heine, un dels millors poetes i prosistes del XIX. Aquest senyor solia escriure sobre llegendes. La del Holandés errant tracta d’un marí que va blasfemar jurant que en mig de la tempesta passaria el cap de Bona Esperança encara que fos l’últim que fera en la vida. Va ser escoltat des de les altures i condemnat a vagar per la mar fins el dia del judici Final. Cada set anys podia baixar a terra. Seria perdonat si trobava una dona que li fora fidel fins la mort.

    Et deixe un enllaç corresponent a una bona versió de l’òpera per si t’interessa a tu o els teus lectors. El llibret es troba en kareol.es:

    Der fliegende Holländer

    Matinee Broadcast, Metropolitan Opera House: 02/13/1965

    http://www.mediafire.com/…/xu3o2yev6…/feb13hollander1965.zip

    DER FLIEGENDE HOLLÄNDER

    Dutchman…………….David Ward
    Senta……………….Leonie Rysanek
    Erik………………..Sándor Kónya
    Daland………………Giorgio Tozzi
    Mary………………..Gladys Kriese
    Steersman……………George Shirley
    Conductor……………Karl Böhm
    Premiere: November 9, 1950
    Regie: Herbert Graf

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