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La Tierra del Dragón de Truenos (2 de 3)

Prayer wheels

Quedaban sólo cinco meses para la llegada de la carretera. Desde su peñón, Yu observaba cómo trabajadores nepalíes talaban abetos en el horizonte oeste para aplanar el terreno por donde se extendería la carretera. Con unos jóvenes discípulos que decían serle fiel, entre ellos el pequeño Miyihan, Yu analizaba sobre el peñasco las consecuencias perniciosas del gusano de asfalto. Sin embargo, los aldeanos radiaban de alegría por el inminente advenimiento; Ti había sorbido la inteligencia de sus mentes con relatos futuristas y esperanzadores. Su voz provinente del pueblo se elevaba hasta el peñasco transportado por ecos azarosos. Yu podía oír promesas de un mundo con alimentos para todos los gustos, ropa cómoda producida en China, hospitales a menos de dos horas, ventanas de luz hacia otras vidas, conexiones a otros países mediante cables y ondas hertzianas…

Conforme el pueblo se entusiasmaba con la llegada del progreso, los monjes fueron notando una afluencia cada vez menor de infantes al templo, pues éstos estaban demasiado entretenidos con sus videoconsolas y peleándose por conseguir los mejores videojuegos. Las abuelas ya no tenían audiencia cuando se sentaban cerca de una hoguera para explicar leyendas e historias del pasado. Por su parte, los hombres más veteranos salían en las tertulias en defensa de los valores tradicionales de la aldea, y acusaban a sus nietos de egoístas por pelearse para conseguir videojuegos. Según chillaban los ancianos a los cuatro vientos, en el pueblo nunca nadie se había peleado por ningún bien, y todo el mundo tenía interiorizado que todo provenía de la misma naturaleza, luego todo era de todos.

El día que por fin llegó la esperada carretera, Yu murió en su peñasco de un ataque al corazón. Los dragones del Himalaya lloraron la pérdida en una tormenta sin precedentes, mientras que una manada de languores dorados enviados por la madre naturaleza velaron su cuerpo por varias horas.

Unos metros más abajo, en el poblado, nadie se acordaba del viejo Yu. Los picos y las azadas habían quedado clavados sobre la tierra del campo, los arados permanecían abandonados. Se respiraba entre las cabañas un ambiente de tranquilidad tensa, con los gruñidos de los cerdos y los mugidos de las vacas como único sonido. Los aldeanos se agolpaban en la entrada del pueblo. Donde antes se alzaban bosques espesos y acantilados, una carretera de dos carriles, de asfalto brillante, zigzagueaba hasta el centro del valle y desaparecía en el horizonte. Desde el pueblo, todos los aldeanos habían podido ver un camión acercándose. Solamente los pocos que habían podido huir en alguna ocasión de la aldea conocían la existencia de aquellos elefantes con ruedas, y trataban de hacerse los interesantes con el resto explicando los pormenores de aquel milagro de la técnica mientras Ti sonreía con orgullo por el éxito de sus propuestas para el pueblo.

El primer camión tardó una hora y media en llegar al pueblo desde que había aparecido por el horizonte. Los aldeanos lo recibieron con suspiros de sorpresa y de temor tanto por el tamaño de la máquina como por la polvareda diabólica que dejaba a su paso. El camionero, que decía provenir de la mismísima capital del reino y sentirse satisfecho por la inminente llegada de la democracia, descargó la mercancía, que fue recibida con profunda admiración e incredulidad: estaba formada por medicamentos de prospectos chinos ininteligibles, alimentos envasados, cuadernos y lápices para los niños. Unas horas más tarde llegó un segundo camión, recibido aún con más expectación, que traía ropa moderna de las marcas más punteras, camisetas de clubes deportivos europeos y música pop de Japón e Inglaterra. Los más atrevidos se sacaron en medio de la calle los ghos y las kiras y se vistieron con los ropajes de la modernidad: camisetas de tirantes ajustados de la marca Nike, pantalones tejanos Lee, tangas… Los más viejos y los monjes no daban crédito a lo que veían, mientras que los dragones del Himalaya rechistaban a lo lejos. El tercer camión llegó sólo un cuarto de hora más tarde repleto de cajas negras que Ti bautizó como televisores. El vehículo también traía sacos que, pese a la insistencia de los niños, nadie pudo abrir de acuerdo con las instrucciones del propio Ti.

Para comprobar el funcionamiento de los televisores era necesaria la conexión eléctrica, así que los aldeanos se trasladaron en masa a la casa recién estrenada de Ti, que era la primera de la zona construida con ladrillos. Una vez en el salón, Ti escogió al valiente Miyihan, vestido ya con unas radiantes zapatillas deportivas de la marca Adidas, para que cogiera el mando del televisor y lo encendiera. El destello de luz que radió de la caja negra atemorizó a todos los presentes que, temblorosos, buscaron refugio entre los muebles y tras las cortinas. Los más atrevidos empezaron a tirar piedras hacia el aparato para observar su reacción. Miyihan no pudo evitar mearse encima, y ante el charco de orina que se formó bajo sus pantalones de marca, las niñas de su edad dejaron ir una risilla burlona.

Tras el susto inicial, los aldeanos empezaron a sacar sus cabezas y observaron lo que la pantalla del televisor les ofrecía: era un combate, como una degradación sangrienta y sudorosa de las artes marciales. Ti les contó que se trataba de un combate de lucha libre y que lo daban a todas horas en ese canal internacional. Los otros canales ofrecían música pop y latina, servicio estadounidense de noticias, telenovelas y muchos otros programas de entretenimiento. Aquellos destellos mágicos ejercieron sobre los aldeanos un impacto inusitado. Todos reconocían en aquella caja negra un salvoconducto hacia la fantasía, hacia una realidad superior. Por fin lograban atravesar el muro de sus montañas, sus valles y sus mitos.

El afeitado cazador Sho Finn mostró una finísima visión empresarial cuando le ofreció a Ti sus trece vacas a cambio de los siete televisores que quedaban en el camión. Ti aceptó con agrado, porque, después de tantos años de subsistencia, intuyó un principio de comercio en la aldea. Cuando tres semanas más tarde un camión apareció en el pueblo lleno de monedas nguttrum que fueron repartidas a cambio de animales, el cazador Sho Finn convirtió su choza en una tienda de televisores, aunque sólo las tres familias que habían tenido más animales pudieron costearse el aparato. Las otras cuatro se quedaron con las ganas de combates de lucha libre y programas de MTV. Una oscura semilla que no sabían definir empezó a arraigar en sus adentros. Si todo provenía de la naturaleza y todo era de todos, ¿por qué unos podían ver combates de lucha libre y otros no?

Monastery with prayer flag

La situación fue empeorando las semanas siguientes. Los bailes tradicionales fueron substituidos por largas tertulias frente al televisor de Sho Finn sobre la lucha libre y sobre la voz de Madonna. Pero sólo tres familias y el joven Ti acudían a esas citas. Las otras no conocían a los luchadores ni habían escuchado nunca a Madonna. La familia del pequeño Miyihan y otras tres familias pobres pasaban las noches contando historias alrededor de una hoguera como antaño. Sin embargo, a veces, la curiosidad y la envidia les carcomía por dentro y se asomaban a las ventanas de la cabaña de Sho Finn para embriagarse, aunque solo fuera un poco, de los destellos del televisor. Una noche, el apuesto padre de Miyihan, que vestía con una camiseta de Che Guevara, tuvo una idea revolucionaria y la expresó frente a la hoguera.

—Sho Finn compró siete televisores y sólo ha vendido tres. El cuarto se encuentra en el salón de su casa, pero los otros tres deben de estar en el almacén. Igual que compartimos el oxígeno y que las mariposas se posan en todos nuestros cuerpos sin distinción, los siete hogares de la aldea deberían tener televisor.

  • Pero no tenemos suficientes monedas —opinó una aldeana.
  • ¿Desde cuándo ha importado eso en nuestro poblado?

Cuatro hombres encabezados por el padre de Miyihan se organizaron en la oscuridad y vigilados sólo por la luna se acercaron a la choza de Sho Finn ocultándose tras los matorrales. Una docena de aldeanos y el propio cazador se encontraban mirando el televisor; las niñas y las mujeres estaban entretenidas peinando muñecas Barbie. La expedición del padre de Miyihan accedió a la casa por una ventana situada en el lado opuesto al salón. En la aldea nunca se habían cerrado puertas ni ventanas, así que el acceso fue fácil. El padre de Miyihan encontró amontonados todos los televisores, perfilados por la luz de la luna. Con cuidado de no hacer ruido, cargó con un televisor y trató de darlo a uno de sus compañeros, que esperaba al otro lado de la ventana. Antes de llegar a manos de su compinche, el aparato resbaló de sus manos. ¡Crash! El estruendo del televisor impactando contra el suelo resonó por toda la aldea. El aparato se descompuso en cientos de piezas que salieron desperdigadas. En la sala contigua, todos los presentes pudieron oír el ruido. Sho Finn salió al exterior y encontró atónito su aparato roto en el suelo. Al lado, el padre de Miyihan y sus cuatro compañeros le suplicaban perdón con la mirada. Sho Finn no tuvo compasión y se abalanzó sobre ellos para escarmentarlos, pero los expedicionarios lograron escabullirse por los matorrales y quedaron protegidos por el manto de la noche.

La mañana que siguió a aquel triste episodio, el cazador Sho Finn hizo sonar con rabia el timbre de la casa de Ti. El joven apareció al cabo de unos minutos en el umbral de la puerta, desperezándose. Furioso, más furioso que los dragones del Himalaya en los días de tormenta, Sho Finn le contó lo ocurrido la noche anterior y exigió responsabilidades.

— No temas, no toleraré hurtos ni despropósitos en esta aldea. —aseguró Ti tranquilizadoramente —Espera mañana frente a la carretera, te prometo que encontraré una solución.

En efecto, la mañana siguiente llegaron a la aldea dos camiones más cargados con cajas que rezaban “Dangerous”. Un grupo de curiosos acompañó a Sho Finn a recibir el nuevo logro de la modernidad. Ti abrió una de las cajas y extrajo una especie de tubérculo de color oscuro. Resultó vagamente familiar para quienes miraban la televisión hasta altas horas de la madrugada. El joven Ti subió a la cabina del primero de los camiones con el tubérculo en la mano y alzó la voz hacia las masas expectantes:

—Como ya debéis saber todos, hace poco ocurrió en el pueblo algo indeseable. Algunos de nuestros vecinos intentaron robar al cazador Sho Finn uno de sus televisores amenazando con acabar con la armonía. Os prometí progreso y felicidad con la llegada de la carretera, y ahora os aseguro que la carretera acabará con los vicios de quienes no sepan vivir en comunidad. Por eso, os presento una nueva herramienta que os permitirá defender lo que es vuestro y que gravará en la aldea unas mínimas pautas de justicia. Señoras y señores, les presento a nuestras nuevas amigas, las pistolas.

Se oyeron murmullos de admiración. Sho Finn no pudo evitar estallar en aplausos y miró emocionado la carretera, que se deslizaba majestuosa hacia el horizonte. Cuando el joven Ti quiso enseñar a sus vecinos a utilizar las armas, se sorprendió al ver que casi todos habían aprendido ya a sacar el seguro y a apuntar gracias a la televisión, así que las repartió, dando más a quien más pertenencias tenía que defender. Él y Sho Finn se hicieron con la mayoría de ellas. Sospecharon que las cosas iban a mejorar en la aldea. Sin embargo, los dragones del Himalaya parecían cada vez más enfadados con sus truenos iracundos.

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